En los destinos remotos que él solía visitar, simplemente le conocían como Marlow. Sólo su pasaporte mostraba su verdadero nombre, una reliquia de un anodino y lejano pasado.

Un hombre inteligente, navegando por el río de la vida entre orillas de locura de las que no podía formar parte. Sus compañeros de viaje: Desenvoltura y Soledad; el primero siempre en la superficie, el segundo profundamente escondido, un vacío enorme que nadie podía llenar. La vida había ahondado los surcos de su cara y había endurecido su corazón.

A los ojos de las mujeres no pasaba desapercibido. Cedían a Desenvoltura y alimentaban a Soledad. Ellas eran las lanchas que necesitaba para llegar a las orillas, para sentir tierra firme bajo sus pies, y para llenar por un segundo – solo un segundo– el hueco en su pecho. Le gustaba el contraste entre su curtida piel y la dulzura de sus caricias, amaba el sonido de su respiración acelerada, asfixiada por un beso abrasador. Cuando sentía sus uñas por su espalda, en el momento en que se entregaban, sabía que todavía vivía. Los muslos que le rodeaban eran su ancla en ese mundo ajeno donde no quería quedarse. Pero el vacío regresaba, regresaba cuando ellas, en un momento de éxtasis, pronunciaban su nombre.

“¡Marlow!”

Podía ser tras un grito o en un tierno susurro… Pero su verdadero nombre siempre quedaba escondido.

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